Nuestro país tiene la bendición de ser referente a nivel mundial en calidad educativa. A pesar de las fuertes falencias, la falta de inversión tecnológica, los prejuicios de gran parte de la sociedad (producto de la desinformación y opiniones subjetivas), y las trabas que el Estado ha puesto violando la autonomía universitaria (por su falta de voluntad política y atribuciones excesivas), la educación ha sobresalido siempre. Y mi deseo personal es que continúe así. Todos los argentinos tenemos el derecho de acceder a la formación superior.
Desde la instauración del antagonismo instaurado en la cultura popular hace más de sesenta años ("alpargatas sí, libros no"), hasta la nefasta Ley de Educación Superior de los '90, la educación ha sufrido continuos ataques, y sin embargo, creo que puede salir victoriosa. Hace 34 años, el Estado Nacional, gobernado de facto de los militares fue el responsable (léase también "culpable") de darle no sólo la espalda a las instituciones educativas, sino también a aquellos estudiantes y docentes cuyo espíritu idealista los castigó en lo que tristemente conocemos como "la noche de los lápices".
Tenemos, los jóvenes de hoy, la misión de mirar hacia atrás, no con odio, pero sí con repudio, y aprender que el camino hacia el progreso se fundamenta en la tolerancia. Tolerancia que nace principalmente en nuestro corazón, se expresa en el discurso y es eternizado con nuestra conducta. Estamos viviendo en tiempos en los que la violencia está a la orden del día, y la Argentina no puede permitir más éstos actos irresponsables de parte de sus ciudadanos y habitantes. Nuestro paradigma es aprender a convivir con el dolor, asumir lo que pasó y seguir para adelante. Hacen falta liderazgos fuertes, personas nobles que sean capaces de guiar al país hacia un norte próspero, pero no será posible mientras no condenemos la violencia diaria.
Fiel reflejo de la situación que intento plantear es lo que está sucediendo en nuestra Capital Federal. Grupos de estudiantes secundarios llevan más de un mes con sus escuelas tomadas. Recuerdo bien que hace unos quince años tenía el concepto de que mi escuela era mi segunda casa. Y viendo lo que está pasando, me pregunto... es esta la forma en la que trataría de pelear por mis derechos? Destruyendo mi casa? Mostrando las miserias de la sociedad? O generando alternativas para el consenso y aportando mi esfuerzo para que todos los actores involucrados encontremos una solución? Es mi opinión que hay ciertos grupos minoritarios que abusan de sus atribuciones y avergüenzan a mi generación. Hay sectores (y me tomo el atrevimiento de decir que son el reflejo de los que elegimos para gobernarnos) que no saben hacia dónde van, ni dónde están parados. Gozamos de una democracia que en vez de protegernos nos ataca, nos segrega y nos enfrenta. En vez de pelear por un bien común y que beneficie a la sociedad, un grupo (que lícitamente tiene la conducción del movimiento estudiantil pero ilegítimamente decide por sus compañeros) no está haciendo otra cosa más que revolver heridas y manifestando un espíritu que no sólo atenta contra las intenciones de progreso y tranquilidad entre los individuos que componemos la sociedad, sino que expresa con su discurso y conducta una perfecta actitud antidemocrática, fascista y autoritaria. Acusar a un sector determinado me parecería irresponsable, pero es público el apoyo de sectores de izquierda y de militantes opositores a un gobierno local (el de la ciudad de Buenos Aires) que no tienen intenciones de aportar a una solución, sino solamente destruir cualquier proyecto de reconstrucción educativa (no sólo a nivel edilicio) para forzar un éxito que consideran propio. Me da vergüenza como argentino, joven, estudiante e idealista. También es increíble la incapacidad de un gobierno poderoso y que se dice promotor del diálogo (el de la ciudad de Buenos Aires) ante la acción de sus gobernados, menores de edad, pero con derecho a expresarse libremente. Es una situación delicada, y lamentablemente, la desinformación de gran mayoría de la gente resulta en la aceptación incoherente de ideas "a favor" y "en contra", sin siquiera conocer cuál es la realidad. Este punto merece una gran reflexión.
El segundo punto que creo importante destacar es el ejercicio de la libertad de expresión y el derecho fundamental de hacer política en los ámbitos que se pueda. Los militantes de la Federación Universitaria de Buenos Aires, quienes llenan su boca con un discurso progresista y cuyo mensaje utópico y seductor es capaz de llegarnos, son incapaces de hacer frente a la realidad educativa. Sería interesante conocer sus promedios como alumnos, la asistencia a clases, y también los "negocios sucios" y "cadenas de favores" que, doy fe, se dan para regularizar y hasta aprobar materias. Me da asco que una comunidad educativa permita la existencia de éstos grupos que, amparados en el resultado de una elección pura y exclusivamente basada en los escasos méritos propios y fracasos ajenos, favores, coacción, temores, y hasta amenazas a los estudiantes. Para colmo de males, el "poder" que poseen estos grupos minoritarios consigue posicionarlos posteriormente en la gestión de las universidades. Ni hablar de algunos de éstos individuos y su participación en políticas sociales, cuyo fundamentalismo, fanatismo e intolerancia no consiguen otra cosa más que erosionar las buenas intenciones de aquellos que fomentamos y ponderamos el amor por el conocimiento, las ciencias y la tecnología, y la defensa de las instituciones educativas, privadas y públicas, cuyas historias y jerarquía nos transmiten hoy la capacidad de transformar el futuro a través del consenso, la dedicación, el esfuerzo y los libros. Sería positivo recordar que aquellos que se dicen defensores de la democracia hoy son los que no son capaces de renovar la dirigencia estudiantil en un ámbito que debería ser dinámico y no anquilosado, y son los mismos que a la hora de la pluralidad sólo aceptan seguidores y no diversidad de opiniones en pro del bendito consenso.
Pueden ser muchos los que compartan mi visión, pero quienes ostentan la representatividad lícitamente no nos representan para nada. Y nada podremos hacer si no participamos a la hora de generar alternativas y ponernos de acuerdo a la hora de actuar para el bien de todos. La "revolución" nace en los libros y con trabajo, no con escraches, protestas y cánticos de incitación a la violencia. Nace con el respeto a la diversidad de ideas en el marco de la tolerancia y la pacificación.
No podemos vivir de recuerdos, del odio hacia acontecimientos que ni siquiera vivimos. Pasaron más de treinta años, muchachos... los responsables tienen que estar presos, sí, estamos de acuerdo... pero no podemos seguir con la herida abierta, miremos para adelante, por el bien de todos. No queremos represiones, ni dictaduras, ni persecuciones... pero, no suenan a historia esas palabras?... lamentablemente, con la historia parece que quieren hacernos tener miedo, miedo a cambiar. Pero el cambio cuando es para bien, sirve, y lo necesitamos. El cambio empieza en nosotros. Aprendamos del pasado, mejoremos el presente y escribamos juntos el futuro.
Busquemos la vida y busquemos la paz.
Busquemos la educación, el único camino al progreso y al éxito del país.
Saludos, Damián.
viernes, 17 de septiembre de 2010
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